A ver, siéntate y escúchame un segundo. ¿Tu startup, tu marca o tu proyecto tiene un logo chulísimo hecho en Canva, un eslogan que suena a mantra de Yoga y un producto que es exactamente igual al de tu competencia pero un 10% más barato?
Pues felicidades, tienes un clon. Tienes un «me too». Tienes el equivalente digital a ir a una boda con el mismo traje que el novio. Da penita, pero no vergüenza ajena. Da cringe de aburrimiento.

La verdadera vergüenza ajena, esa que te hace querer mirar al suelo cuando explicas tu proyecto en una cena, es la mejor señal de que vas por buen camino.

Si tu emprendimiento no te da vergüenza ajena, significa que no has salido del puto carril. Significa que estás jugando a ser empresario en modo fácil, sin arriesgar tu reputación, sin asustar a nadie y, lo peor de todo, sin posibilidad de escalar de verdad.

Vamos a hablar de por qué el ridículo (ese que sientes al explicar tu idea más loca) es el activo mejor valorado del marketing de guerrilla.


¿Qué es eso de la «vergüenza ajena» en los negocios? (Y por qué duele tanto)

no le temas a tus ideas

La vergüenza ajena no es que tu producto sea malo. Ojo, no me malinterpretes. La vergüenza ajena es la disonancia cognitiva que siente la gente cuando ven a alguien salirse del guion establecido. Es la incomodidad social de romper el molde.

  • Dar vergüenza ajena = Hacer algo que la mayoría no se atrevería a hacer.

  • No dar vergüenza ajena = Repetir el manual que todo el mundo ha leído.

Cuando lanzaste tu idea y tu cuñado puso los ojos en blanco, o cuando tu mejor amigo dijo «¿Estás seguro de que eso va a funcionar?», no te estaban criticando el producto. Te estaban criticando el valor. Les estabas incomodando porque les recordabas que ellos están atascados en su zona de confort.

El problema es que la mayoría de los emprendedores, al oír esas críticas, reculan. Agachan la cabeza, vuelven al diseño sobrio, al mensaje políticamente correcto y a la estrategia que no ofende a nadie. Y así, señores, es como se fabrican las empresas que duran 2 años y desaparecen sin dejar huella.


El peligro de la «comodidad empresarial» (o cómo convertirte en el hobby de tu suegro)

Seguro vs riesgo, evalua cual trae mas beneficios

Voy a ser duro, pero es por tu bien. Si tu emprendimiento no te da vergüenza ajena, probablemente estás en la categoría de «negocio-hobby» o «startup de alquiler».

¿Te suena esto?

  • «Vendo velas artesanales con aromas relajantes» (como las otras 40.000 tiendas de Etsy).

  • «Hago consultoría de marketing digital para pymes» (o sea, reviso el Facebook de la panadería de mi barrio).

  • «Tengo una marca de ropa sostenible» (con camisetas blancas sin estampado).

Estos negocios no dan vergüenza ajena. Dan lástima. Porque no hay riesgo. Si lo pierdes todo, solo pierdes tiempo y algo de dinero. No has puesto tu reputación, tu visión ni tu criterio en la picota. Has jugado a ser emprendedor sin mojarte.

El marketing de guerrilla, el crecimiento digital real, no viene de hacer lo que todo el mundo espera. Viene de dividir a la audiencia. Viene de que el 50% de la gente te odie, pero el otro 50% te ame con locura. Y para que te odien, tienes que decir cosas incómodas. Tienes que posicionarte. Tienes que dar la cara.

Si tu único objetivo es «gustar a todo el mundo», tu producto será tan insípido como un arroz hervido sin sal. Y te aseguro que a nadie le da vergüenza ajena un arroz hervido, pero tampoco nadie va a pagar una fortuna por él.


Los 4 miedos que te impiden arriesgar (y cómo reírte de ellos)

Ignora las burlas y continua

Vamos a desmontar las excusas que te pones a ti mismo para no hacer el ridículo. Porque el ridículo es la gasolina del crecimiento.

1. Miedo al «¿Qué dirán?»
El clásico. «Si subo esto a redes, mis colegas de la universidad se van a reír». Pues déjalos. Tú ganas dinero mientras ellos siguen preguntando en LinkedIn si alguien busca becario. La opinión de gente que no paga tus facturas vale exactamente 0.

2. Miedo a equivocarte en público
Prefieres no decir nada antes que decir algo que pueda ser rebatido. Eso es de cobardes. El que no se equivoca es el que no hace nada. Y el que no hace nada, no vende nada. Aprende a reírte de tus propios fallos, súbelos a TikTok, y verás cómo la gente conecta contigo. Ser transparente da más vergüenza que ser perfecto, pero vende 10 veces más.

3. Miedo a copiar
Todos los grandes emprendedores han «robado» ideas y las han mejorado. Pero el verdadero riesgo no es copiar; es copiar mal y sin añadir valor. Si vas a copiar, hazlo tan bien que el original parezca la copia. Y eso solo se consigue cuando arriesgas tu propio estilo, tu propio giro personal.

4. Miedo al fracaso económico
Este es el único miedo válido, y aun así es manejable. No te digo que hipoteques la casa para hacer un anuncio en la Superbowl. Te digo que arriesgues estrategias, no capital. Arriesgar no significa tirar el dinero. Significa apostar por un mensaje que escuece, por un diseño que rompe, por un tono que no se parece al de tu competencia.


La guía de guerrilla: 3 formas de abrazar el ridículo y facturar como un loco

no hay que darse por vencido, siempre llegaran las recompensas

Vale, Mike, ya me has convencido. ¿Pero cómo lo hago sin que sea un desastre? Aquí van 3 acciones que puedes hacer esta misma semana para que tu marca empiece a dar la talla (y que te dé un poco de vergüenza al principio).

1. Publica la beta (aunque esté rota)
No esperes a tener el producto perfecto. Lanza la versión cutre, grábate explicando lo que falla, y pide a tu comunidad que te ayude a mejorarlo. Eso, lejos de dar vergüenza, genera una comunidad de locos que se sienten parte del proceso. Es la estrategia de los grandes (y los pequeños que van a crecer).

2. Di algo que ofenda a tu sector
¿Todo el mundo dice que el marketing de influencers es la panacea? Pues tú suelta un post diciendo que es humo y que prefieres invertir en anuncios de Google. ¿Te van a llover palos? Sí. ¿Van a discutir contigo? Sí. ¿Va a disparar tu tráfico y tus leads? También. El algoritmo premia la polémica, y el cliente premia la autenticidad.

3. Cuenta tus fracasos con lujo de detalles
Haz un post titulado «Perdí 3.000€ en una campaña que fue un fracaso absoluto» y desglosa cada error. La vergüenza te va a dar solo al escribirlo. Pero cuando lo publiques, te lloverán clientes que te digan «Hostia, qué honesto eres, necesito a alguien así en mi equipo». La honestidad brutal (con toques de sarcasmo) es el mejor imán de clientes.


Conclusión: La vergüenza ajena es el precio de entrada a la liga de los que facturan

Así que ya sabes. La próxima vez que sientas esa incomodidad en el estómago al publicar algo o al proponer una estrategia loca, ponte a celebrarlo. Esa es la señal de que estás vivo, de que estás moviendo el tablero, de que no eres uno más del rebaño.

El éxito no está en evitar el ridículo. El éxito está en gestionar el ridículo para que juegue a tu favor. La gente no recuerda al que hizo una web bonita y funcional. La gente recuerda al que hizo una campaña que todo el mundo compartió porque era valiente, sincera o directamente polémica.

¿Quieres vender más? Deja de hacerte el interesante y empieza a hacer el ridículo. Te aseguro que si lo haces bien, en unos meses estarás riéndote (desde la playa, con el móvil en modo avión) de aquellos que te dijeron que «eso no se hacía».

Ahora, deja de leer y ve a escribir ese post que te da vergüenza. Y si te da demasiada vergüenza, recuerda: o te da vergüenza ahora, o te dará penita el resto de tu vida viendo cómo otros triunfan haciendo justo lo que tú no te atreviste a hacer.

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